Trabajar en la construcción de una programación temática centrada en la memoria colectiva es, para mí, una de las tareas más delicadas y gratificantes que puede asumir un equipo programador. Parto siempre de la convicción de que el cine documental no solo preserva hechos: crea puentes entre generaciones, activa procesos de duelo, reaviva olvidos y cuestiona relatos oficiales. Aquí comparto mi método, experiencias y recomendaciones prácticas para diseñar una programación que sea rigurosa, sensible y estimulante.
Definir el eje y el alcance temático
Antes de seleccionar títulos es imprescindible clarificar qué entendemos por memoria colectiva en el contexto del festival. ¿Nos interesa la memoria histórica de un país, la memoria obrera, la memoria de comunidades migrantes, la memoria de violencia política, o una aproximación transnacional? Definir el alcance permite acotar y dar coherencia a la propuesta.
Para ello me planteo preguntas concretas:
Una vez respondidas, el marco temático guía la curaduría y la selección de colaboradores y aliados institucionales (archivos, universidades, centros culturales).
La investigación y el mapeo de materiales
No hay programación sólida sin una fase intensa de investigación. Aquí combino lectura de bibliografía especializada, consultas a archivos audiovisuales y conversaciones con historiadores, activistas y colectivos vinculados a la memoria.
Este trabajo me ayuda a identificar vacíos y a plantear apuestas curatoriales: rescatar una obra olvidada, poner en perspectiva un relato dominante o mostrar cómo distintos países enfrentan procesos de memoria similares.
Criterios para la selección de películas
Mis criterios son tanto estéticos como éticos. Considero importante que las películas seleccionadas:
Además, priorizo obras que fomenten el pensamiento crítico y el diálogo, no solo la conmoción. El cine que reconstruye memorias tiene más impacto si propone preguntas y contextos.
Relación con autores, comunidades y archivos
La memoria colectiva no es patrimonio exclusivo del programador: implica a autores, a las comunidades representadas y a quienes custodian documentos. En mis programaciones procuro:
Esto exige sensibilidad: hay experiencias que requieren permisos explícitos, revisión de material sensible y garantizar que la participación de víctimas o descendientes sea voluntaria y protegida.
Actividades complementarias que enriquecen la memoria
Una proyección aislada tiene un impacto, pero la programación gana profundidad con actividades paralelas. Algunas ideas que suelo integrar:
Estas iniciativas permiten transformar la sala en un espacio de trabajo colectivo, no solo de consumo.
Accesibilidad y enfoque inclusivo
La memoria tiene que ser accesible: subtítulos, traducciones, audiodescripciones y espacios físicos adaptados son imprescindibles. Trabajo con proveedores de subtitulado y con equipos de accesibilidad para que las sesiones estén abiertas al mayor público posible.
Comunicación: cómo contar la programación
Comunicar una programación sobre memoria colectiva requiere equilibrio: no hay que trivializar ni explotar el dolor. En la sinopsis, incluyo contexto histórico, intenciones curatoriales y avisos sobre contenido sensible (trigger warnings).
Me gusta acompañar las fichas filmográficas con entrevistas cortas a cineastas o textos de expertos que ofrezcan claves de lectura. En Dokfilms, por ejemplo, suelo publicar una pieza previa que sitúa la programación y propone rutas de visionado.
Gestión legal y derechos
Tratar materiales de archivo y testimonios implica gestionar derechos con cuidado. Mi checklist habitual incluye:
| Elemento | Acción |
| Películas comerciales | Gestionar licencias de exhibición con distribuidores o productores |
| Material de archivo | Solicitar permisos de reproducción y verificar titularidad |
| Testimonios | Contar con autorizaciones y acuerdos de uso |
| Música | Comprobar derechos de sincronización y ejecución |
Planificar con antelación evita sorpresas de última hora y protege tanto al festival como a las personas implicadas.
Evaluación y legado de la programación
Una buena programación sobre memoria debe pensar su continuidad: ¿qué queda después del festival? Registro experiencias, grabo debates (con consentimiento) y genero materiales didácticos que puedan reutilizarse por escuelas o colectivos.
Así la programación no se agota en la proyección; busca dejar herramientas para el trabajo continuado con la memoria.
Algunas decisiones prácticas que me han funcionado
Programar memoria colectiva es, en esencia, un acto de responsabilidad: se trata de escuchar, verificar y abrir espacios de reflexión. Mi experiencia me recuerda que la mejor programación no busca dar lecciones, sino facilitar encuentros —entre películas, entre generaciones y entre historias— que enciendan la curiosidad y el compromiso del público.