Trabajar en la construcción de una programación temática centrada en la memoria colectiva es, para mí, una de las tareas más delicadas y gratificantes que puede asumir un equipo programador. Parto siempre de la convicción de que el cine documental no solo preserva hechos: crea puentes entre generaciones, activa procesos de duelo, reaviva olvidos y cuestiona relatos oficiales. Aquí comparto mi método, experiencias y recomendaciones prácticas para diseñar una programación que sea rigurosa, sensible y estimulante.

Definir el eje y el alcance temático

Antes de seleccionar títulos es imprescindible clarificar qué entendemos por memoria colectiva en el contexto del festival. ¿Nos interesa la memoria histórica de un país, la memoria obrera, la memoria de comunidades migrantes, la memoria de violencia política, o una aproximación transnacional? Definir el alcance permite acotar y dar coherencia a la propuesta.

Para ello me planteo preguntas concretas:

  • ¿Cuál es el objetivo: recuperar, reparar, documentar, provocar debate?
  • ¿Qué periodos temporales y geografías vamos a cubrir?
  • ¿Buscamos obras canónicas, piezas inéditas, archivos o trabajos experimentales?
  • Una vez respondidas, el marco temático guía la curaduría y la selección de colaboradores y aliados institucionales (archivos, universidades, centros culturales).

    La investigación y el mapeo de materiales

    No hay programación sólida sin una fase intensa de investigación. Aquí combino lectura de bibliografía especializada, consultas a archivos audiovisuales y conversaciones con historiadores, activistas y colectivos vinculados a la memoria.

  • Hago un mapeo de posibles fuentes: filmotecas (por ejemplo, Filmoteca Española), archivos municipales, hemerotecas, colecciones privadas.
  • Recopilo películas, cortos y materiales de archivo que dialoguen entre sí.
  • Registro testimonios orales y referencias bibliográficas que puedan acompañar las proyecciones.
  • Este trabajo me ayuda a identificar vacíos y a plantear apuestas curatoriales: rescatar una obra olvidada, poner en perspectiva un relato dominante o mostrar cómo distintos países enfrentan procesos de memoria similares.

    Criterios para la selección de películas

    Mis criterios son tanto estéticos como éticos. Considero importante que las películas seleccionadas:

  • Sean pertinentes al eje temático y aporten nuevas perspectivas.
  • Respeten a las personas retratadas y tengan un tratamiento ético de testimonios sensibles.
  • Se complementen entre sí para ofrecer un recorrido variado: formatos largos y cortos, piezas de archivo, cine experimental y trabajos contemporáneos.
  • Permitan facilitar actividades paralelas (debates, talleres, exposiciones).
  • Además, priorizo obras que fomenten el pensamiento crítico y el diálogo, no solo la conmoción. El cine que reconstruye memorias tiene más impacto si propone preguntas y contextos.

    Relación con autores, comunidades y archivos

    La memoria colectiva no es patrimonio exclusivo del programador: implica a autores, a las comunidades representadas y a quienes custodian documentos. En mis programaciones procuro:

  • Contactar con cineastas para conocer el contexto de producción y proponer presentaciones o coloquios.
  • Incluir voces de las comunidades involucradas en la programación (testimonios, moderación, mesas redondas).
  • Establecer acuerdos con archivos para el acceso a materiales y, si es posible, copias de mayor calidad.
  • Esto exige sensibilidad: hay experiencias que requieren permisos explícitos, revisión de material sensible y garantizar que la participación de víctimas o descendientes sea voluntaria y protegida.

    Actividades complementarias que enriquecen la memoria

    Una proyección aislada tiene un impacto, pero la programación gana profundidad con actividades paralelas. Algunas ideas que suelo integrar:

  • Tertulias post-proyección con historiadores y familiares protagonistas.
  • Talleres educativos para estudiantes que trabajen fuentes primarias y análisis audiovisual.
  • Exposiciones de materiales de archivo y fotografías que contextualicen las películas.
  • Presentaciones de libros o catálogos relacionados.
  • Instalaciones sonoras o performance que vinculen memoria y territorio.
  • Estas iniciativas permiten transformar la sala en un espacio de trabajo colectivo, no solo de consumo.

    Accesibilidad y enfoque inclusivo

    La memoria tiene que ser accesible: subtítulos, traducciones, audiodescripciones y espacios físicos adaptados son imprescindibles. Trabajo con proveedores de subtitulado y con equipos de accesibilidad para que las sesiones estén abiertas al mayor público posible.

  • Ofrezco sesiones con interpretación en lengua de signos cuando es posible.
  • Programo horarios diversos para llegar a diferentes públicos: escolares, personas mayores, trabajadores.
  • Comunicación inclusiva: material promocional claro y respetuoso con las comunidades tratadas.
  • Comunicación: cómo contar la programación

    Comunicar una programación sobre memoria colectiva requiere equilibrio: no hay que trivializar ni explotar el dolor. En la sinopsis, incluyo contexto histórico, intenciones curatoriales y avisos sobre contenido sensible (trigger warnings).

    Me gusta acompañar las fichas filmográficas con entrevistas cortas a cineastas o textos de expertos que ofrezcan claves de lectura. En Dokfilms, por ejemplo, suelo publicar una pieza previa que sitúa la programación y propone rutas de visionado.

    Gestión legal y derechos

    Tratar materiales de archivo y testimonios implica gestionar derechos con cuidado. Mi checklist habitual incluye:

    ElementoAcción
    Películas comercialesGestionar licencias de exhibición con distribuidores o productores
    Material de archivoSolicitar permisos de reproducción y verificar titularidad
    TestimoniosContar con autorizaciones y acuerdos de uso
    MúsicaComprobar derechos de sincronización y ejecución

    Planificar con antelación evita sorpresas de última hora y protege tanto al festival como a las personas implicadas.

    Evaluación y legado de la programación

    Una buena programación sobre memoria debe pensar su continuidad: ¿qué queda después del festival? Registro experiencias, grabo debates (con consentimiento) y genero materiales didácticos que puedan reutilizarse por escuelas o colectivos.

  • Realizo encuestas al público para medir impacto y recoger propuestas.
  • Comparto un informe público con resultados y posibles líneas futuras.
  • Creo alianzas con instituciones educativas para que el material se use en contextos formativos.
  • Así la programación no se agota en la proyección; busca dejar herramientas para el trabajo continuado con la memoria.

    Algunas decisiones prácticas que me han funcionado

  • Mezclar una obra conocida con un estreno o un rescate archival para atraer público y aportar novedad.
  • Reservar una sesión especial con invitados locales para activar la presencia comunitaria.
  • Preparar materiales breves de contexto (dossieres digitales) que el público pueda consultar antes o después.
  • Políticas de entrada accesibles: precios reducidos para estudiantes, pases para asociaciones y tarifas solidarias.
  • Programar memoria colectiva es, en esencia, un acto de responsabilidad: se trata de escuchar, verificar y abrir espacios de reflexión. Mi experiencia me recuerda que la mejor programación no busca dar lecciones, sino facilitar encuentros —entre películas, entre generaciones y entre historias— que enciendan la curiosidad y el compromiso del público.